“Si hubiera sabido que era la última vez que nos veríamos, te hubiera abrazado más fuerte.”
Si hubiera sabido que era nuestro último beso, no te hubiera dejado ir hasta morir en tus labios. Si hubiera sabido que era el último ‘Te amo’, lo hubiera extendido para siempre. O si hubiera sabido que era la última vez que dormíamos juntos, no me hubiera levantado de tu cama jamás. Y tal vez esa es la razón por la que todavía, en momentos efímeros, me sigues doliendo. Porque el último buen momento es solo un recuerdo borroso. Un recuerdo que se ha ido difuminando con el pasar de los meses. Es algo que jamás guardé, que no atesoré a su momento. Porque jamás pasó por mi mente que fuera el último todo, que la próxima vez que te viera serías diferente… frío, distante. Y a veces, en momentos efímeros también pienso que si hubiera sabido cómo iba a terminar todo, preferiría que jamás hubiera comenzado. Hubiera, hubiera, hubiera… pero el hubiera no existe. Sólo queda el presente, atravesar el dolor que me queda en cada pedazo de mi alma. Un dolor que, contrario a lo que pensaba, ha disminuido con el tiempo. Se ha desvanecido como los recuerdos que tuvimos juntos. Sin embargo, en ocasiones el dolor es tan grande que no puedo ponerlo en palabras. Que se ahoga en mi pecho intentando salir y cuando por fin va a logarlo, se queda como un nudo en mi garganta y un mar en mis ojos. El dolor que me causa pesadillas todavía algunas noches. Un dolor que a veces temo que jamás se irá. Que se quedará y se convertirá parte de mi. Que me va a atormentar cada vez que vuelva a escuchar un ‘te amo’. O un dolor que a veces no recuerdo, que olvido a propósito pero que a la vez, tengo muy presente. Contradictorio, irreverente, a veces fugaz y a veces sedimentado. Un dolor que se ha convertido en un vaivén constante, como si fuera una ola en el mar y mi corazón la arena en la playa. El dolor que espero, un día, en un momento fugaz, desaparezca por siempre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario