sábado, 7 de noviembre de 2015

Casi medio año


Es raro el sentimiento de ya no recordar cómo se sentían tus besos, como se me aceleraba el corazón cuando tus labios se acercaban a los míos. Ya no recordar cómo sentía escalofríos cada que las yemas de tus dedos rozaban mis mejillas, mis brazos o acomodaban mi cabello. Como se sentía quedarnos dormidos viendo programas tontos y aburridos, tu desesperación al tratar de enseñarme americano o estadística. El nudo que se formaba en mi estómago cuando te enojabas por cosas tan bobas y vanas. Ya no recuerdo tu voz, ni tu risa. Tus gritos tampoco. No recuerdo cómo era tomar tu mano, acariciarte o como se sentía tu cabello entre mis dedos. Tampoco la emoción de tus llamadas, las ansias de esperarte, como sentía que mi corazón iba a explotar cada que decías "te amo". Nuestros domingos de café o sábados de cena. Ya no siento la aspereza en mis manos después de pasear a nuestra perra por las calles. Ver a tus ojos y saber que todo estaba en calma, las cenas con tus padres o tus discusiones con tu hermano. Ya no me acuerdo de lo bonito. Todos esos sentimientos cambiaron, se difuminaron poco a poco hasta desvanecerse. Se convirtieron en el dolor y la desesperación después de tu adiós. En la traición de tu silencio, en el engaño. En las miradas frías al reencontrarnos. Las palabras congeladas que se quedaron sin decir y las feas que no eran necesarias. Se convirtieron, como tú, en lo que se prometió que no sería. En promesas rotas, vacías. En la persona que en realidad eres. Pero también en la felicidad, en la plenitud de saber que no quedó en mí. En la libertad y en el respiro de un aire nuevo. En la persona que soy ahora, a pesar de ti.

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