lunes, 15 de febrero de 2016

15.02.16 2:45AM

Te extraño. Sí, a veces, todavía, en momentos efímeros, en silencio en mi cuarto, te extraño. Extraño tu risa, tus enormes ojos y aún más enormes pestañas que los escondían. Extraño tus dedos haciendo círculos en mi espalda, el ritmo de tu corazón retumbando en mis oídos cuando me abrazabas. Extraño la sensación de hormigueo que sentía subir desde mi estómago hasta mis mejillas cada que me veías a los ojos diciendo ‘Te quiero… Te amo’. Extraño todas esas cosas que ahora sé eran mentira. 
Pero, si te lo preguntas todavía en ocaciones, cuando tu mente deambula y tus pensamientos casi indeseadamente llegan a mi, a lo que un día fue ‘nosotros’ (si es que un día existió tal afirmación); no, ya no te quiero de vuelta. Nunca te quise de vuelta. No después de la primera vez que me dejaste, mucho menos después de la tercera, quinta, novena y por fin la última. 
Viendo la situación desde fuera, como logro hacerlo ahora después de tanto tiempo, que a la vez parece tan poco, nunca te quise de vuelta. Te acepté, sin querer, porque pensé que tú me necesitabas. Y aunque lo niegues, sé que así fue. Necesitabas alguien que levantara tu ego, que llevara tu carga, que te hiciera sentirte mejor persona, porque no lo eres. Querías desesperadamente que alguien te diera el amor que tanto te hace falta, porque después de tanto tiempo sé y aprendí que por más que presumas, no te quieres, no te aceptas así como eres. Por eso me buscaste a mi, alguien que entrega su corazón totalmente casi sin pedir nada a cambio. Por eso regresabas a mi, tras cada pelea. Por eso no me dejabas ir, argumentando que yo te necesitaba y manipulándome para creer que era así. Por eso me tomaste a mi y a ella… y también a la otra. Y Dios sabrá a cuantas más. Porque necesitabas recibir cuánto amor y admiración fueran posibles.
Sin embargo, ahora después de tanto puedo darme cuenta que aunque yo también estuve mal por dejarte tratarme así, como algo superfluo. Tú estuviste peor. Yo entendí, después de varios golpes contra la pared que el amor viene desde dentro, que solo yo puedo quererme lo suficiente para no necesitar a nadie más. Pero tú… tú sigues viviendo en tu fantasía de macho, del todas mías. Sigues en ese mundo donde tú eres el sol y todas las mujeres giran a tu alrededor, desviviéndose por estar un día junto a ti. Y ni como negar que un día fui una de esas ilusas. 
Tampoco puedo negar que hay días que te recuerdo con… ¿afecto? ¿cariño? Honestamente no sé que palabra usar para ese sentimiento extraño que me genera tu recuerdo. No te odio, no, eso sería otorgarte demasiada importancia la cuál ya no mereces. No puedo negar que sí fuiste importante. Lo fuiste todo en su momento. Fuiste mi sol, mi luna, mis estrellas. Por ti hice cosas que no haría jamás por nadie, dejé cosas que no debía, cambié cosas que tampoco debí. Por ti hice lo inimaginable. Qué lástima darme cuenta que estuvo mal.
Sin embargo, no te odio. No te estimo tampoco. Ni te guardo rencor, de nada sirve porque lo hecho, hecho está. Lo que sí siento todavía, en ocaciones, es una inmensa tristeza y una gran decepción, porque descubrí que estaba equivocada. Que el amor no es como lo pintan, que existe la traición y que siempre viene de quien menos lo esperas. Aprendí tanto gracias y a pesar de ti. Ahora sé que siempre existirá una mentira, sé que no se debe entregar todo desde el primer día. Ahora sé guardarme mis sentimientos, mis pensamientos, mis inquietudes e inseguridades. 
Y en cierta forma te agradezco, porque si no me hubieras mentido, si no me hubieras traicionado, tal vez seguiría siendo la misma niña ingenua que era hace 3 años. La niña que pensaba que ‘el amor todo lo puede’. 
Pero ya no. Ahora sé que la fidelidad es lo más importante, que una vez que se pierde la confianza no hay poder humano que pueda recuperarla. Ahora sé qué señales buscar para descubrir un engaño.
Hay y siempre habrá cosas, lugares e incluso personas que me recuerden a ti. Todavía hay canciones que no quiero escuchar y cosas que prefiero no oler, para evadir el disgusto del recuerdo. Y me alegra que cada vez, cada día que pasa, parezco olvidar más. Como si la demencia senil se apoderara de mis recuerdos siendo cada vez más degenerativa.


Te extraño, sí lo hago. Pero ahora creo que no es a ti en sí a quién extraño, si no a la sensación que me dabas, al sentimiento falso de felicidad que en su momento era tan tangible y tan real. Extraño las cosas que sé que un día me hicieron feliz y que ahora me causan un sentimiento desagradable. Pero no a ti como persona. Menos a nosotros porque ahora que lo veo, nunca existió tal afirmación.

No hay comentarios:

Publicar un comentario